En lo más profundo del mar existía, escondida entre preciosos y gigantescos corales, una gran ciudad llamada Atlantis(1). En esta se encontraba un precioso castillo gobernado por el Rey Neptuno (2), quien se había quedado solo y desolado después de que los monstruos del mar(3) capturaran a su esposa mientras subía a la superficie.
Tanto el rey como sus hijas se sumieron en una gran tristeza y el reino se convirtió en el más oscuro del océano, tanto que el soberano prohibió a cada una de sus hijas acercarse jamás a tierra firme, ya sea solas o acompañadas, por temor a que les pasara lo mismo que a la reina. La pequeña de las sirenas no era muy obediente cuando se trataba de conocer el lugar donde vivían los humanos así que, a escondidas de sus hermanas y de su padre, durante la caída del sol de cada día, Cloe (4) salía del castillo y se dirigía hacia la superficie del mar.
En una de sus escapadas para poder observar el precioso cielo y ver el mundo de los humanos, vió desde el mar a una joven muchacha con un libro en las manos que también estaba disfrutando del atardecer sentada en la orilla de la playa. La sirena se escondió detrás de unas rocas que había próximas a la orilla, curiosa por ver de más de cerca a la humana. Cloe quedó impactada por la belleza de la joven, esta tenía un tono de piel moreno por lo que suponía que iba a menudo a pasear por la playa, su cabello era largo y negro como el carbón y a pesar de que no llegaba a verle bien los rasgos de la cara supo que era la mujer más bella que había visto nunca. A pesar de que no debía, decidió acercarse a la orilla, necesitaba saber un poco más acerca de la chica, al menos conocerla y así matar la curiosidad que se apoderaba de ella. La sirena se fue acercando y cuando estaba a escasos metros de la orilla, la joven humana levantó la vista de su libro, la vió y con voz de sorpresa le preguntó:
¿Quién eres?
Cloe nerviosa e intentando hablar sin trabarse le respondió:
Hola, me llamo Cloe, ¿y tú?
Yo soy Elisabeth (5)
De esta manera, y ambas un poco sorprendidas, comenzaron a hablar. Cloe le desveló su gran secreto, quienes eran, de dónde venían… A pesar de lo agusto que estaban y de que ninguna de las dos jóvenes quería terminar con la conversación, se empezó a hacer de noche y la sirena supuso que su padre y sus hermanas no tardarían en darse cuenta de su ausencia por lo que debía de volver a palacio y así lo hizo, pero no sin antes decirle a Elizabeth que la esperaría en la siguiente puesta de sol.
Los días fueron pasando y en cada uno de los atardeceres las dos chicas se veían a escondidas.
Pero el secreto que guardaban poco llegó a durar. Los padres de ambas empezaron a sospechar de las seguidas escapadas de las hijas, por tanto, las empezaron a seguir en alguna de las salidas. Al enterarse de esta relación, y sin dejarlas explicarse, ambos padres prohibieron la relación y empezaron a vigilarlas muy de cerca.
El castigo impuesto por las dos familias no hizo que las dos jóvenes no se echaran de menos, por lo que las dos intentaban buscar soluciones para poder reencontrarse, pero todo ello fue en vano, hasta que un día Elisabeth decidió ir a visitar a un viejo hechicero sobre el que había oído numerosas leyendas. Este mago vivía en la Isla de Mako (6), así que una noche la joven decidió escaparse, cogió todo lo necesario y emprendió la marcha hacia aquella isla donde encontraría la solución para poder ver a Cloe de nuevo.
Tras horas y horas de caminar y de navegar en un pequeño bote, la joven muchacha llegó a la isla y se encontró frente a ella un gran hueco entre montañas. Se acercó poco a poco y una vez allí, se adentra en una de las cuevas que contenían las montañas. Dudosa y con miedo, avanzaba a través del camino que había escogido. Se trataba de una cueva vacía, oscura y un poco tenebrosa. Apenas tenía luz, cosa que dificulta el caminar sin chocar con las piedras, y a pesar de que su instinto le pedía huir el hecho de poder ver pronto a Cloe la animaba a seguir adelante.
Tras unos minutos andando comenzó a visualizar una luz al final de la cueva, así que se armó de valentía y siguió caminando hasta llegar a ella.
Hola Elisabeth, te estaba esperando - dijo el hechicero con una voz áspera que hizo que se le pusiera la piel de gallina.
Ho-ho-hola… ¿Cómo sabes quién soy?- preguntó asombrada.
Yo lo sé todo, al igual que sé que necesitas mi ayuda…
Si, la necesito -le dijo- Necesito que me conviertas en una sirena para poder estar con Cloe. Estoy dispuesta a hacer lo que me pidas. -dijo decidida sin dejar que el miedo se le notara al hablar-.
Oh querida, yo puedo ayudarte, y lo haré sin pedirte nada a cambio. -dijo el hechicero mientras sonreía- Te daré este valioso perfume llamado Fantasía Mermaid (7) y, echándote un poco de él, podrás ser sirena. Pero solo podrás disfrutar esta magia desde que el sol salga hasta que se ponga. Si cuando el sol se esconda tú no estás de vuelta en tu reino, te convertirás en una estatua y yo me quedaré con tu alma. Cada mañana debes rociar tu cuello con el perfume y al instante tendrás una preciosa cola. Para recuperar tu forma humana debes seguir los mismos pasos, rociar tu cuello antes del atardecer y volver a casa.
Muy agradecida con el hechicero, cogió su perfume y se fue a buscar a Cloe. Salió de la cueva y para abandonar la isla decidió usar el perfume y así llegar hasta el reino de su amiga. De esta manera nadó y nadó hasta llegar a Atlantis. Una vez allí puso rumbo a palacio cuando de repente vió a lo lejos a una sirena que iba un poco cabizbaja que al levantar la cabeza y verla dijo sin dar crédito.
¿Elisabeth? ¿Eres tú? - preguntó mirándola de arriba a abajo sin dar crédito a lo que veían sus ojos. ¡Elisabeth se había transformado en sirena! - ¿Cómo te has transformado en sirena?
Elisabeth la abrazó muy fuerte y empezó a contarle toda la aventura que había vivido para conseguir la cola.
Las semanas pasaron y cada vez apuraban más los atardeceres olvidando la advertencia del hechicero, hasta que un día después de horas nadando decidieron parar cerca de un puerto para así descansar. Hablaron y hablaron sin parar sin darse cuenta de la hora y se quedaron dormidas. Cloe al despertarse vió la luna y asustada giró la cabeza corriendo esperando no encontrarse con su mayor miedo, pero ya era demasiado tarde… Elisabeth se había convertido en piedra.
Desde entonces durante cada atardecer Cloe se acerca a la estatua de su amiga para ver con ella como el sol se escondía. Al igual que la sirena miles de personas visitan esta estatua, conocida también como La Sirenita en Copenhague. (8)
1- Película Disney Atlantis
2- Bob esponja
3- Libro de Víctor Conde
4- La serie H2O
5- Películas de Piratas del Caribe
6- Isla de Mako isla de la serie en la que se encuentran las sirenas
7- Perfume de Paris Hilton
8- La escultura de Dinamarca
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