EN BUSCA DE MI FAMILIA
Había una
vez una mamá pato que esperaba pacientemente al nacimiento de sus pequeños
patitos. Una tarde, el primero de los huevos empezó a moverse y a crujir, y de
su cascarón nació un pequeño patito, amarillo como el sol, con sus patitas y su
pico naranjas como los tulipanes. A este primer patito, le siguieron cuatro
pequeños patitos igual de amarillos que él, pero aún faltaba uno de los huevos
por eclosionar, el más grande de toda la nidada, nueve y tres cuartas veces más
grande.
Al cabo de
unos días eclosionó y de él salió un patito, mucho más grande que los demás,
con un plumaje cenizo, y unas patas y un pico de color carbón.
Al ver el
color de las plumas del pequeño pato, la familia en la que había nacido le
rechazó, diciéndole que ellos no eran su auténtica familia y que por ellos se
podía ir a vivir a la más alta torre
custodiada por un dragón.
Dicho lo
cual, el patito feo vio como su madrastra y
sus hermanastros se alejaban de él. Se quedó
solo en medio del claro, se sentía como un alienígena
llegado de otro planeta, sin familia, solo…
Pasó la noche escondido bajo un sauce
llorón.
A la mañana siguiente, decidió que no valía la pena
lamentarse y se propuso ir en busca de su verdadera familia. En medio de su
camino hacia el estanque más cercano, bajaron de la copa de un árbol un pequeño murciélago y cuatro pajaritos, para preguntarle porque estaba solo por en medio del
bosque. Después de contarles su historia decidieron acompañarle en su aventura.
Tras un
día de viaje, llegaron a un estanque en el que se encontraron a un pato y a un gallo,
estos paseaban alrededor del estanque persiguiendo algo que nadaba bajo las
aguas. El patito y sus amigos se acercaron a preguntarles, si habían visto a
alguien más como él en este estanque, pero su respuesta no fue la deseada, allí
solo vivían sirenas y ningún pato se atrevía a nadar con ellas…
Por lo que
continuaron su camino, el cual les llevó hasta la orilla del mar, donde se
encontraron con una sirena de largos
cabellos rojos, a quién le preguntaron si
conocía a algún patito como él, a lo que ella les contestó que solo conocía a
las gaviotas, y que no se parecían en nada a él.
El
patito feo y sus amigos volvieron andando al bosque. Una vez llegaron al árbol
donde vivían sus amigos se despidió de ellos y decidió seguir su camino a
solas.
Una tarde
paseando por el bosque se encontró con una granja, era muy grande y había
muchos animales, pero se fijó en alguien que no parecía encajar al igual que
él, era una niña muy pero que muy pequeña de estatura, se encontraba al lado
del abrevadero, se llamaba Pulgarcita. Él se acercó a ella y le preguntó si conocía a algún
patito como él, a lo que ella le contestó que en su granja vivían muchos patos,
pero nunca había visto a uno como él… El patito se despidió y se alejó de la
granja adentrándose de nuevo en el bosque.
De
repente apareció un niño entre los arbustos y le lanzó una pelota roja y
blanca, al grito de ¡Ya eres mío Psyduck! La pelota impactó en la cabeza del patito feo y cayó al
suelo inconsciente. En su cabeza, unas nubes
rosas con formas extrañas que tocaban
instrumentos danzaban de lado a lado. Cuando por fin despertó no estaba ni el
niño ni la bola que le había golpeado, en su lugar había una jirafa que llevaba un casco de astronauta.
Ella le contó que había tropezado con él mientras leía, y que había venido al
bosque porque en el colegio se metían con ella y no podía estar en su lugar favorito del mundo, la biblioteca. Juntos iniciaron un nuevo camino en busca de la familia del
patito feo, la jirafa había encontrado por fin un amigo que no la juzgaría.
Tras un largo paseo, llegaron a una laguna, en ella nadaba una criatura
semihumana, se llamaba Luca, el patito feo le preguntó si había visto a alguien como
él… Sorprendentemente, sí que había visto a alguien como él, vio a un patito
igualito a él, que seguía a un pato mucho más grande y blanco como la nieve,
estaban al norte de la laguna.
Emocionados,
la jirafa y el patito feo se dirigieron hacia el norte de la laguna, allí
encontraron a una patita idéntica a él, estaba con una pata que parecía ser su
madre, esta tenía el cuello largo, plumas blancas y pico y patas color carbón.
El patito, intrigado, se acercó a la pata, que se llamaba Abby, y esta le llevó ante
su madre. Los ojos de ella al verle se anegaron de lágrimas, y lo abrazó con
sus grandes alas. Cuando se separó de él, le explicó que cuando puso su nidada,
uno de los dos huevos que puso, se perdió, y estaba totalmente convencida de
que él era su hijo perdido. El patito le dijo que no se parecía en nada a ella,
que él era feo y ella era guapa, a lo que su madre le explicó que no es que sea
feo, los cisnes cuando son pequeños son grises y cuando crecen sus plumas se tornan
blancas, que la diferencia con los demás patos no lo hace feo, sino diferente,
y que esas diferencias son las que nos hacen especiales y únicos… y se acabó
este cuento con sal y pimiento.
Firmado:
Maestras de las palabras
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